viernes, enero 14, 2005
Volando.
Hola,
He tardado un poco en volver a escribir. La búsqueda de un traductor para mis papeles ha consumido mucho tiempo. Parecía un Tour de Force.
Antes del viajes, la preparación de las maletas y dejar todo arreglado fue toda una locura. Marinah no empezó a montar su maleta hasta las 11 de la noche... suerte que yo ya la tenia medio montada. De todas formas la casa no quedó todo lo recogida que me hubiese gustado. Ni nosotros dormimos todo lo recomendable, ya que las dos noches anteriores dormimos menos de 4 horas...
He de reconocer, pero, que Marinah es toda una crack a la hora de hacer maletas. Podíamos llevar como máximo 20 Kg de peso por persona... justo lo que su maleta pesaba. Una recomendación. En el aeropuerto hay un chico, no muy simpático, que envuelve la maleta en plástico. Esto evita que alguien la abra o manipule sin que nos demos cuenta. Una gran idea para los tiempos que corren. Sobretodo una idea económica. El creador se estará haciendo de oro, ya que el precio no es barato.
Nuestro viaje a Sao Paulo pasó por Ámsterdam, donde cambiamos de avión. La KLM es una buena compañía, los aviones son cómodos y con muchos extras. En el primer viaje, en el que nos sirvieron un snack y una cola, pudimos dormir una hora de las dos y media que duraba. El capitán del avión se debió distraer y por poco se pasa el aeropuerto de Ámsterdam ya que nos despertó el brutal descenso que se marcó. Un dolor de oídos bestial, estaba deseando que me explotara la cabeza para dejar de sentir ese dolor. Miraba a mi alrededor y vi que nadie se quejaba... Ya lo se. Muchos diréis que el espíritu Sitges me ha contagiado... Suerte que después, en tierra, varios de mis compañeros de viajes, y de dolores, comentaron el descenso rápido y lo molesto que fue.
Dimos un ligero paseo (disponíamos de una hora justa para volver a embarcar), por el aeropuerto de Ámsterdam, que pequeño no es. Eh! Didac. El brazo donde aterrizamos era justo el opuesto a donde teníamos que embarcar de nuevo. Total, una hora y cuarto para llegar. Y a mitad camino un oficial de aduanas puso pegas a que Marinah pasara. No tenía sello en el pasaporte ya que era una copia del original (Do Consulado Do Brasil), puesto que el suyo se perdió por Sitges. Mi siempre excelente inglés, janderklander, y un insignificante papel de la policía sitgetana, nos permitió pasar la prueba. Pudimos alcanzar el avión transoceánico.
Y eso era un avión. Grande, lleno de gente y con un monitor para cada persona. Podíamos escoger entre unas 50 películas (en varios idiomas, incluso algunas en koreano lo que me hace intuir que los ejecutivos coreanos viajan mucho), unas 20 series de TV (CSI Miami, Sexo en Nueva York, Friends...) un centenar de CD’s, una decena de videojuegos (entre ellos un trivial multiplayer para todos los pasajeros...), consejos de vuelo, publicidad de la compañía y una tienda online onfligth. Jugué, vi un par de películas, incluido un fragmento de “El Último Samurai” en koreano, escuché música, leí y dormí un poco.
El vuelo fue tranquilo a excepción de dos pequeñas zonas de turbulencias, en una de las cuales me encontraba en el baño al inicio, y el aterrizaje fue como en el anterior vuelo, suave, no se notó. Llegamos a Sao Paulo con media hora de adelanto, pero salimos del aeropuerto con una hora de atraso. No es que nos encontráramos problemas en aduanas (pasó el moscatel, que te debo Miguel!!!, y las dos botellas de vino) o inmigración, no. Nos encontramos con una cola de espanto. Esa noche me hubiese gustado ser americano, tienen una zona de entrada exclusiva para ellos. Pero seguro que es porque no se fían de ellos y les hacen pasar pruebas especiales... comprobación de colon y demás.
La recepción de la familia de Marina fue genial y la acogida, excepcional... pero eso irá en otro post... que mañana me tengo que levantar pronto para presentar los papeles en el juzgado.
Un saludo a todos, abrazos para ellos y besos para ellas.